El Retrato

No se en que momento mi vida se fue a la mierda, había apartado mi Fe en Dios y toda confianza en la raza humana, nunca me gustaron las personas que siempre tienen una sonrisa en la cara y alegres aunque fuera sólo por fuera, como podían ser tan felices. Después de todo lo ocurrido en los últimos meses necesitaba luz en mi vida, ilusiones nuevas para tener razones para vivir, quien diría que en un corto paseo por Central Park encontraría la respuesta a mis frustraciones.
Viviendo en el “Spanish Harlem” de Nueva York, no era fácil encontrar pareja aunque podría parecer lo contrario, con cuarenta y cuatro años, introvertido, tímido, solitario y con un trabajo algo siniestro esto era misión imposible, hacia falta magia para poder cambiar mi destino.
Llegue a esta ciudad con treinta y seis años para trabajar en una pequeña empresa de servicios funerarios cuya oficina se encontraba cerca de mi apartamento. Muy temprano cogía la bici destino a la rutina y el aburrimiento, mi trabajo consistía en venderle a los clientes el servicio más caro, mejor ataúd, mejores flores, mejores coches y así hasta un sin fin de formas de hacer de la muerte un negocio. Con la frialdad de un asesino de la mafia yo disparaba ofertas y paquetes promocionales sin importarme el sufrimiento de los familiares que con ojos desolados me miraban con desprecio, como puede hablarnos de dinero este hombre es estos momentos, pensarían. Esto en los últimos meses me estaba afectando más de los normal, me costaba poner cara de indiferencia ante el dolor ajeno.
Central Park, noviembre, el sendero por el que camina a menudo estaba cubierto de un manto dorado de hojas secas, entre ellas vislumbré un pequeño papel, lo recogí, era la foto de una mujer preciosa con unos ojos verdes que hacían sentir paz y amor. Desde qué vi su foto puedo poner cara a las canciones de amor, a la canto de los pájaros, al paso del metro y a la sonrisa de un abuelo. Todo me recordaba a ella, mi mundo cambió repentinamente.
Todos los días recorría el mismo camino rogando al Dios recuperado que me encontrase con ella, una señal, un golpe de suerte, algo. Trozos de ilusiones pasadas volvían a mi, hasta que llegó el día en que esperando el metro vi de nuevo su cara, su sonrisa, sus ojos que me hacían ir a un mundo maravilloso y me alegraban el resto del día, ahí estaba, en la vía contraria justo delante de mi. Su foto junto a un texto que decía: “Muchas gracias por volar con Solworld”. Si, era una modelo, de nuevo el corazón se rompió en mil pedazos, ¿buscarla?, encontrarla tal vez, con suerte llegaría hasta ella y en vez de sentir amor seguramente recogería una mirada de rechazo, ¿se fijarían en un triste hombre con una triste vida y un triste trabajo una modelo que desprendía felicidad?. Me conformaré con ver su foto, porque para alguien como yo unos días de ilusión y esperanza no estaban mal.

Queco.

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