Olvidados

Tengo 87 años, vivo solo en casa y mis hijos casi no me visitan, me faltan dientes, me orino encima y las zonas del cuerpo doloridas ya ni las cuento, no veo bien ni de cerca ni de lejos, soy patoso al andar y ya he visto el suelo de cerca varias veces. Nadie me habla, nadie me escucha, unos polvorones por Navidad es lo más lejano a la rutina que vivo. La soledad me embarga, yo que fui travieso, galán, héroe y padre atento, no sé que soy ahora, no tengo con quien compartir mis historias, mis relatos, mis hazañas y si las contase, dudo mucho que me creyeran. Me olvido de cosas pero no he perdido la memoria, me tiemblas las manos pero todavía puedo darlas, me cuesta respirar pero tomo el mismo aire que tú, me cuesta manejar los aparatos modernos pero nadie ha tenido la paciencia de enseñarme. No hay cura para mis males porque mis males no son del cuerpo son del alma, yo no he olvidado, me han olvidado, yo no he dejado de amar, me han dejado de querer. Estoy vivo y ya reparten mis cuatro duros, los cuatro que guarde para mis cuatro hijos después de más de sesenta años trabajando y ninguno de ellos se los han ganado, aún así sigo sin gastarlos para que ellos puedan tirarlo, porque son cuatro duros, si fuesen cuatro mil duros estaría todo el día en compañía y tratado como padrino de la mafia. Pues hoy que cumplo ochenta y ocho os digo queridos míos, me gasto mis cuatro duros y que os den por culo.

Queco.

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