Un Pensamiento Alegre

Mis padres me abandonaron cuando yo tenía cinco años, no recuerdo como eran y la verdad no me importa, según dicen, la excusa era que no me podían mantener y se fueron del país. Me acogió mi abuelo, por esa época ya era viudo, así que los dos estábamos solos.
Era un buen hombre, triste porque la vida no le había tratado bien, sus padres murieron jóvenes, una guerra, una enfermedad grave y por último la muerte de mi abuela, que para el era no su media naranja, si no el fruto entero. Ahora yo, lo único que le faltaba al pobre, cuidarme y mantenerme, ya jubilado tenía una pensión pero pequeña aún habiendo trabajado toda la vida y haber llegado al grado de teniente en el ejército.
Recuerdo muy poco de esa época, él se llevaba el día leyendo o acariciando a los cuatro gatos que teníamos, era un hombre tranquilo, como si esperase la muerte como el que espera un tren que llega con retraso, quizás yo fui el culpable de que no llegara a tiempo.
Cuando cumplí los once años, mi abuelo estaba ya muy enfermo, a penas se levantaba de la cama, su hermana nos ayudaba cuando podía y sus días en esta vida llegaban al fin. Decidió que era hora de mandarme a un internado, ya no podía cuidar de mi, aunque la idea no me gustaba, en el fondo sabía que el día llegaría. Algo que nunca olvidaré es el día que me llamó desde su alcoba, me pidió que cerrara la puerta y me sentara junto a él, me entregó un cuaderno hecho por él, la cubiertas de piel y con una cuerda que sostenía un lápiz. Me hizo prometer una cosa: todos los días tenía que escribir un pensamiento alegre en él, que nunca lo olvidase, ello me enseñaría a disfrutar la vida, a tener esperanzas, a resolver las dificultades y ver los obstáculos como pruebas a superar, a no rendirme y tener siempre un motivo para seguir luchando, sin dudarlo le hice la promesa.
Unos días después partiría hacia el internado, era un antiguo castillo medio restaurado rodeado de montañas con las cumbres todavía nevadas a pesar de que la primavera ya había despertado, la verdad es que el lugar era imponente, en la puerta me recibió un religioso, el hermano Eladio, que desde ese momento fue mi único confidente, no recuerdo haber tenido amigos y mis únicas palabras eran dirigidas a los profesores cuando me preguntaban sobre alguna materia y mis largas charlas en los jardines con mis compañeros “tronco” y “puño”, dos gatos negros que según decían llevaban allí más tiempo que el castillo, un poquito exagerado, pero entendíamos que eran los más viejos del lugar.
Como había prometido a mi abuelo, cada día escribía en el cuaderno un pensamiento alegre, “me gusta que me despierten los pájaros”, “el olor del pan recién hecho”, “las personas que nos regalaban ropa”, “el susurro del viento al chocar con mi ventana”, “los domingo paseando con el hermano Eladio contándome historias de cuando fue misionero en África”, pues así cada día un pensamiento desde los once años.
Hace ya diez años que me ordené hermano de la congregación que me acogió y le debía mi educación, hoy todavía no puedo asegurar si fue vocación, agradecimiento o no quería irme de allí nunca.
Cada día me costaba más escribir un pensamiento alegre, no conozco el motivo de este hecho, pero era cada vez más preocupante para mi, tenía que cumplir la promesa. Un día se me cayó el cuaderno que siempre llevaba conmigo cuando paseaba por los jardines, por un casual quedo abierto por la última hoja, nunca se me había ocurrido ver las hojas, suponía que todas estaban en blanco, en esta última decía: “Hola querido nieto, espero que hayas completado este cuaderno y ahora estés leyendo esto, es señal de que eres viejo y has tenido una vida completa, ¿tienes duda?, lee todos los pensamientos y entenderás el porqué, ya has cumplido con tu palabra, descansa y disfruta de los últimos años de tu vida. Te quiero, nos vemos pronto, tu abuelo”.
Esto significaba que moriré cuando termine de escribir pensamientos alegres, pero ya no encuentro más razones, situaciones o motivos para seguir escribiendo, pero tampoco quiero morir, tengo razones para seguir y más aún con treinta tres años, soy el más joven de la congregación y eso significa que soy necesario para los trabajos más pesados.
Escribo todo esto porque tengo miedo, no creo en supersticiones, ni siquiera en milagros, reconozco que la función del cuaderno ha resultado ser más importante de lo que pensé al principio. Ya no escribiré más pensamientos alegres, el mundo ya no es alegre, me cuesta buscar alegrías, espero que algo cambie y un día siga escribiendo. 
“Yo, el hermano Eladio me encontré este cuaderno en los jardines del castillo el catorce de septiembre de mil novecientos cincuenta y seis junto al cadáver del hermano Santiago y sus gatos, cuando tenía la edad de treinta y tres años. No sabemos el motivo de su muerte, espero que Dios lo acoja con cariño en su regazo y le de la familia que nunca tuvo”.
Queco.

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