Historia del Futuro 

Año mil novecientos ochenta y cuatro, tres amigos, curiosos y adolescentes, tres aprendices de aventureros. 

Los sábados acostumbrábamos a comprar el periódico porque incluía un fascículo de Fauna Salvaje, la verdad, el resto nos daba igual, excepto ese día, el titular de la portada era especial “Objeto volador no identificado se estrella en la Sierra del Cuervo”. 

No éramos muy crédulos sobre el tema ovni e historias paranormales pero la cercanía del accidente le daba un poco de interrogante, según la prensa los resto lo habían trasladado a la Base Naval, a unos veinte kilómetros de casa, pero claro no era un centro comercial, era una base militar con sus cámaras, doble alambrada, vigilancia y un sin fin de medidas que hacia la misión de ir a ver los resto muy complicada. 

Por entonces el hermano de uno de mis amigos estaba destinado en un barco de la base, lo sobornamos con todos nuestros ahorros para que metidos en el maletero pudiéramos cruzar el control. 

Ya dentro y muertos de miedo nos dirigimos al hangar 11, donde supuestamente se encontraban los restos, ninguna medida de seguridad y las puertas cerradas pero sin llave. 

Encendimos las linternas, vimos en el centro de la nave parte del fuselaje de una avioneta, el motor con las hélices dobladas y un trozo del ala derecha, vaya fraude, bonito ovni. 

Aprovechamos la travesura e inspeccionamos el resto del lugar, al fondo en unas viejas cajas de cartón encontramos periódicos y entonces volvió la ilusión a nuestras caras, estoy sí que era algo extraño, los periódicos estaban fechados en el año dos mil novecientos sesenta y tres, ¡dentro de casi 1000 años!. 

Como teníamos en nuestras manos ejemplares del futuro, los hojeamos rápidamente y las noticias la verdad es que no eran muy diferentes a las de hoy, corrupción, terrorismo, drogas,… lo de siempre, eso significa que el mundo no cambiará tanto en muchísimos años y los humanos no corregiremos errores cometidos y seguiremos siendo egoístas, envidiosos y crueles caníbales. 

Todos eran del mismo día, cogimos el que se encontraba en mejor estado, necesitábamos una prueba de nuestro descubrimiento, el resto de la noche esperamos escondidos al hermano de mi amigo bajo unos toldos muertos de miedo. 

Llego la hora por fin, nos subimos al maletero camino a casa. El domingo nos habíamos citado muy temprano en el parque, lugar donde íbamos a decidir que hacíamos con él, venderlo a la NASA, ser buenos y entregarlo a la policía, buscar al mejor postor,… 

Donde solíamos jugar a baloncesto, ese día no llevábamos ni la pelota, ni las ganas, sólo el periódico envuelto en dos capas de papel de aluminio como sí fuese un manuscrito del mismo Jesús de Nazaret, con mucho cuidado y lejos de miradas ajenas volvimos a verlo esta vez con más detenimiento, era cierto, la fecha dos mil novecientos sesenta y tres, no fue un sueño. 

El lunes por la mañana no fuimos al colegio, había un trabajo de ciencia, historia, literatura,… que hacer más interesante que el de nuestros profesores, el destino, la sede de un diario, nombre del periódico del futuro para saber algo más o quizás saliésemos millonarios de allí, así que atravesamos las puertas automáticas del edificio como sí fuésemos tres superhéroes, nos acercamos al conserje y con voz firme le exigimos reunirnos con el director, sonrió y dio media vuelta. 

Esto no funcionaba, pero era arriesgado enseñar nuestro tesoro para abrirnos puertas. En la pared, un listado de las plantas del edificio indicaba: Dirección planta 13, montamos en el elevador y camino a la fama, al fondo del pasillo una gran puerta y junto a ella un guardia de seguridad, para despistar activamos la alarma contra incendios moviéndose el hombre de su lugar, aprovechamos para entrar con el lógico sobresalto del director, antes de darle tiempo a que llamara a seguridad le entregamos el periódico, rogándole lo viese un momento. 

Hizo una llamada para que desactivaran la alarma, mirando el ejemplar y con gesto de extrañeza nos pregunto donde habíamos encontrado en el periódico, le contamos la verdad, embozando una sonrisa nos comentó que habían mandado a destruir todos las unidades, pero alguien guardaría algunos para otro uso, entonces, nuestra imaginación se desbordó, habían intentado destruir las pruebas de ese viaje al futuro, volvió a sonreír, algo que ya nos irritaba, dijo… no tontos, lanzamos una tirada de unos tres mil con la fecha equivocada en el primer dígito y paramos la maquinaria cuando nos dimos cuenta, eso hace ya bastante tiempo. 

Se nos quedó caras de idiotas, perdimos la ilusión, el dinero y la dignidad de un tajo, menos mal que lo llevamos en secreto. Bueno, nos llevamos un fin de semana de aventura y quinientos dólares que nos ofreció el director para enmarcar el periódico y colgarlo en su despacho como recuerdo de aquella historia del futuro. 

Queco. 

La Cocina del Infierno 

Así fue mi historia, la soledad de un rey fue mi infancia, la soberbia de un príncipe fue mi adolescencia, mi juventud la de un caballero prepotente y ahora soy un adulto destinado a pagar por mis pecados. 

Así de sencilla fue mi historia, no hay más, cada ingrediente que sumaba a esta olla a presión estropeaba el sabor del guiso. 

Le puse la enfermedad y muerte de mi querido hermano, dejo sabor amargo; la soledad no fue la solución para mejorar el sabor. 

Le puse alcohol para darle un poco de chispa a la receta, volvía a echarle y otra vez más hasta que vi que nunca era suficiente. 

Le puse trabajo, dicen que con él todo es posible y conseguir así el ingrediente perfecto, trabajé largos días, meses, años con esmero y paciencia pero no obtuve recompensa. 

Al fin por un casual, encontré la fórmula perfecta, unos trocitos de amor, esto le dio el sabor perfecto, lo había conseguido. 

Al fin todo parecía que la olla a presión no estallaría y que todos los comensales disfrutaríamos de una vida suculenta. 

Pero, ¿se habrían perdonado mis pecados?, ¿podría por fin encontrar felicidad?, al final hice un buen trabajo e incluso dejé sucesor para seguir cocinando la receta perfecta, ¿que más quería de mi la combativa providencia?.

Así fue mi historia, tendría que cumplir con mis pecados, pero de caballero o soldado, de rey o bufón, de príncipe o mendigo, ¿como sería? -¡Quieto amigo! me dijo un señor en voz alta, -¡deja ya de soñar!, ¿piensas que ya has hecho suficiente?, tus pecados jamás serán perdonados en vida, sólo tienes dos salidas: buscar la muerte o vivir con dolor el resto de tus días, entonces y sólo entonces serás libre. 

Así fue mi historia, aún no sé qué sendero seguir, tampoco sé cual será el acertado, son sólo dos caminos y ninguno conduce a la gloria. 

Queco. 

Contrato De Vida

Cuando nací no firmé ningún contrato, en este mundo hay que firmar por todo, préstamos, hipotecas, escrituras, seguros, suministros, DNI y hasta para recoger un paquete, pero nunca un Contrato de Vida. 

Ese contrato estará por algún lado pero yo no lo he firmado, estoy desprotegido, al no haberlo firmado no puedo realizar ninguna gestión sobre el mismo, cambiar cláusulas, rescindirlo, ampliarlo,… 

Qué ocurre si no estás de acuerdo con su redacción y qué pasa con la polémica siempre letra pequeña. Pongamos un supuesto, en caso de enfermedad que pasa, no puedo rescindir el mismo, este orden de la vida no lo he visto, pues no tengo porque cumplirlo ya que no lo he aceptado y rubricado.  

Quisiera rescindir el contrato para siempre y parar la vida, no estoy de acuerdo con la que me han dado, sé que las hay peores, pero ellos habrán firmado esa, yo no. Os aseguro que si alguien me hubiese enseñado el contrato de mi vida no lo hubiera firmado. 

Queco. 

Un Pensamiento Alegre

Mis padres me abandonaron cuando yo tenía cinco años, no recuerdo como eran y la verdad no me importa, según dicen, la excusa era que no me podían mantener y se fueron del país. Me acogió mi abuelo, por esa época ya era viudo, así que los dos estábamos solos.
Era un buen hombre, triste porque la vida no le había tratado bien, sus padres murieron jóvenes, una guerra, una enfermedad grave y por último la muerte de mi abuela, que para el era no su media naranja, si no el fruto entero. Ahora yo, lo único que le faltaba al pobre, cuidarme y mantenerme, ya jubilado tenía una pensión pero pequeña aún habiendo trabajado toda la vida y haber llegado al grado de teniente en el ejército.
Recuerdo muy poco de esa época, él se llevaba el día leyendo o acariciando a los cuatro gatos que teníamos, era un hombre tranquilo, como si esperase la muerte como el que espera un tren que llega con retraso, quizás yo fui el culpable de que no llegara a tiempo.
Cuando cumplí los once años, mi abuelo estaba ya muy enfermo, a penas se levantaba de la cama, su hermana nos ayudaba cuando podía y sus días en esta vida llegaban al fin. Decidió que era hora de mandarme a un internado, ya no podía cuidar de mi, aunque la idea no me gustaba, en el fondo sabía que el día llegaría. Algo que nunca olvidaré es el día que me llamó desde su alcoba, me pidió que cerrara la puerta y me sentara junto a él, me entregó un cuaderno hecho por él, la cubiertas de piel y con una cuerda que sostenía un lápiz. Me hizo prometer una cosa: todos los días tenía que escribir un pensamiento alegre en él, que nunca lo olvidase, ello me enseñaría a disfrutar la vida, a tener esperanzas, a resolver las dificultades y ver los obstáculos como pruebas a superar, a no rendirme y tener siempre un motivo para seguir luchando, sin dudarlo le hice la promesa.
Unos días después partiría hacia el internado, era un antiguo castillo medio restaurado rodeado de montañas con las cumbres todavía nevadas a pesar de que la primavera ya había despertado, la verdad es que el lugar era imponente, en la puerta me recibió un religioso, el hermano Eladio, que desde ese momento fue mi único confidente, no recuerdo haber tenido amigos y mis únicas palabras eran dirigidas a los profesores cuando me preguntaban sobre alguna materia y mis largas charlas en los jardines con mis compañeros “tronco” y “puño”, dos gatos negros que según decían llevaban allí más tiempo que el castillo, un poquito exagerado, pero entendíamos que eran los más viejos del lugar.
Como había prometido a mi abuelo, cada día escribía en el cuaderno un pensamiento alegre, “me gusta que me despierten los pájaros”, “el olor del pan recién hecho”, “las personas que nos regalaban ropa”, “el susurro del viento al chocar con mi ventana”, “los domingo paseando con el hermano Eladio contándome historias de cuando fue misionero en África”, pues así cada día un pensamiento desde los once años.
Hace ya diez años que me ordené hermano de la congregación que me acogió y le debía mi educación, hoy todavía no puedo asegurar si fue vocación, agradecimiento o no quería irme de allí nunca.
Cada día me costaba más escribir un pensamiento alegre, no conozco el motivo de este hecho, pero era cada vez más preocupante para mi, tenía que cumplir la promesa. Un día se me cayó el cuaderno que siempre llevaba conmigo cuando paseaba por los jardines, por un casual quedo abierto por la última hoja, nunca se me había ocurrido ver las hojas, suponía que todas estaban en blanco, en esta última decía: “Hola querido nieto, espero que hayas completado este cuaderno y ahora estés leyendo esto, es señal de que eres viejo y has tenido una vida completa, ¿tienes duda?, lee todos los pensamientos y entenderás el porqué, ya has cumplido con tu palabra, descansa y disfruta de los últimos años de tu vida. Te quiero, nos vemos pronto, tu abuelo”.
Esto significaba que moriré cuando termine de escribir pensamientos alegres, pero ya no encuentro más razones, situaciones o motivos para seguir escribiendo, pero tampoco quiero morir, tengo razones para seguir y más aún con treinta tres años, soy el más joven de la congregación y eso significa que soy necesario para los trabajos más pesados.
Escribo todo esto porque tengo miedo, no creo en supersticiones, ni siquiera en milagros, reconozco que la función del cuaderno ha resultado ser más importante de lo que pensé al principio. Ya no escribiré más pensamientos alegres, el mundo ya no es alegre, me cuesta buscar alegrías, espero que algo cambie y un día siga escribiendo. 
“Yo, el hermano Eladio me encontré este cuaderno en los jardines del castillo el catorce de septiembre de mil novecientos cincuenta y seis junto al cadáver del hermano Santiago y sus gatos, cuando tenía la edad de treinta y tres años. No sabemos el motivo de su muerte, espero que Dios lo acoja con cariño en su regazo y le de la familia que nunca tuvo”.
Queco.

Olvidados

Tengo 87 años, vivo solo en casa y mis hijos casi no me visitan, me faltan dientes, me orino encima y las zonas del cuerpo doloridas ya ni las cuento, no veo bien ni de cerca ni de lejos, soy patoso al andar y ya he visto el suelo de cerca varias veces. Nadie me habla, nadie me escucha, unos polvorones por Navidad es lo más lejano a la rutina que vivo. La soledad me embarga, yo que fui travieso, galán, héroe y padre atento, no sé que soy ahora, no tengo con quien compartir mis historias, mis relatos, mis hazañas y si las contase, dudo mucho que me creyeran. Me olvido de cosas pero no he perdido la memoria, me tiemblas las manos pero todavía puedo darlas, me cuesta respirar pero tomo el mismo aire que tú, me cuesta manejar los aparatos modernos pero nadie ha tenido la paciencia de enseñarme. No hay cura para mis males porque mis males no son del cuerpo son del alma, yo no he olvidado, me han olvidado, yo no he dejado de amar, me han dejado de querer. Estoy vivo y ya reparten mis cuatro duros, los cuatro que guarde para mis cuatro hijos después de más de sesenta años trabajando y ninguno de ellos se los han ganado, aún así sigo sin gastarlos para que ellos puedan tirarlo, porque son cuatro duros, si fuesen cuatro mil duros estaría todo el día en compañía y tratado como padrino de la mafia. Pues hoy que cumplo ochenta y ocho os digo queridos míos, me gasto mis cuatro duros y que os den por culo.

Queco.

El Retrato

No se en que momento mi vida se fue a la mierda, había apartado mi Fe en Dios y toda confianza en la raza humana, nunca me gustaron las personas que siempre tienen una sonrisa en la cara y alegres aunque fuera sólo por fuera, como podían ser tan felices. Después de todo lo ocurrido en los últimos meses necesitaba luz en mi vida, ilusiones nuevas para tener razones para vivir, quien diría que en un corto paseo por Central Park encontraría la respuesta a mis frustraciones.
Viviendo en el “Spanish Harlem” de Nueva York, no era fácil encontrar pareja aunque podría parecer lo contrario, con cuarenta y cuatro años, introvertido, tímido, solitario y con un trabajo algo siniestro esto era misión imposible, hacia falta magia para poder cambiar mi destino.
Llegue a esta ciudad con treinta y seis años para trabajar en una pequeña empresa de servicios funerarios cuya oficina se encontraba cerca de mi apartamento. Muy temprano cogía la bici destino a la rutina y el aburrimiento, mi trabajo consistía en venderle a los clientes el servicio más caro, mejor ataúd, mejores flores, mejores coches y así hasta un sin fin de formas de hacer de la muerte un negocio. Con la frialdad de un asesino de la mafia yo disparaba ofertas y paquetes promocionales sin importarme el sufrimiento de los familiares que con ojos desolados me miraban con desprecio, como puede hablarnos de dinero este hombre es estos momentos, pensarían. Esto en los últimos meses me estaba afectando más de los normal, me costaba poner cara de indiferencia ante el dolor ajeno.
Central Park, noviembre, el sendero por el que camina a menudo estaba cubierto de un manto dorado de hojas secas, entre ellas vislumbré un pequeño papel, lo recogí, era la foto de una mujer preciosa con unos ojos verdes que hacían sentir paz y amor. Desde qué vi su foto puedo poner cara a las canciones de amor, a la canto de los pájaros, al paso del metro y a la sonrisa de un abuelo. Todo me recordaba a ella, mi mundo cambió repentinamente.
Todos los días recorría el mismo camino rogando al Dios recuperado que me encontrase con ella, una señal, un golpe de suerte, algo. Trozos de ilusiones pasadas volvían a mi, hasta que llegó el día en que esperando el metro vi de nuevo su cara, su sonrisa, sus ojos que me hacían ir a un mundo maravilloso y me alegraban el resto del día, ahí estaba, en la vía contraria justo delante de mi. Su foto junto a un texto que decía: “Muchas gracias por volar con Solworld”. Si, era una modelo, de nuevo el corazón se rompió en mil pedazos, ¿buscarla?, encontrarla tal vez, con suerte llegaría hasta ella y en vez de sentir amor seguramente recogería una mirada de rechazo, ¿se fijarían en un triste hombre con una triste vida y un triste trabajo una modelo que desprendía felicidad?. Me conformaré con ver su foto, porque para alguien como yo unos días de ilusión y esperanza no estaban mal.

Queco.

Mi Compañero Fiel

Nada es comparable a ti, eres de los que no pides nada a cambio, estás en los peores momentos y en las grandes ocasiones, de noche y día, siempre ahí. No necesito llamarte para que vengas a mi lado, eres mi sombra y mi abrazo.

Celos tienen mi esposa y mi hijo de ti, no lo entienden tú me das lo que ellos nunca me darían, como tú, pocos. No ven lo que haces como los buenos compañeros que no presumen de sus hazañas, te han intentado apartar de mi, pero lo nuestro es para siempre y moriremos juntos.

Nadie nos comprende, no entienden lo nuestro, se preguntan que porqué teniendo los dos seres más grandes del mundo a mi lado me voy contigo, teniendo un buen trabajo me voy contigo, teniendo tantas cosas que hacer me voy contigo, ignorantes, no te conocen, tu sacas de mi el hombre real que llevo dentro, el cruel, egoísta, ocioso y malhumorado hombre que sin ti sería uno más que no conocen su destino y lo temen.

Yo sin embargo soy amigo del destino, del mañana, del futuro, del que pasará, te sientes con poder, conoces el día siguiente, conoces el próximo amanecer sin haberlo vivido todavía, no, no tengo poderes, ni tengo varita mágica, todo se lo debo a mi compañero fiel, el dolor. 

Queco.