Lágrimas Dulces

Nunca había llorado, tenía entonces treinta y ocho años, había sentido tristeza, alegría, amargura, dolor, vergüenza,… es decir, innumerables razones por la que los humanos solemos llorar, pero no, nunca había llorado.
No le daba mayor importancia, a veces cuando ocurría una desgracia y era de agradecer unas lágrimas de desahogo no aparecían y las de cocodrilo se ocultaban bien con unas buenas gafas oscuras.
Fue cuando vi la muerte muy de cerca cuando empece a preocuparme, había fallecido mi esposa de un infarto, lo más grande de mi vida, lo que más quería se había ido para siempre y a partir del momento de la triste noticia no pude parar de llorar. Pensé en que moriría de dolor, tres días sin consuelo.
Recuerdo que los amigos me aconsejaban una y otra vez que debería beber y comer algo, yo siempre respondía lo mismo: el líquido de las lágrimas y su dulce sabor me mantenían con fuerzas para no desfallecer, no quería dormir, quería mantener vivo el olor, el sabor, la pasión de mi alma gemela, miedo tenía en que desaparecieran tras un sueño.
Al cuarto día un amigo me hizo un comentario: querido, llevo pensando desde ayer en unas palabras que nos dijiste sobre tus lágrimas, su líquido y sabor dulce te mantendrían, ¿fue un error verdad?, ¿sabes que el sabor es salado verdad?. Por supuesto que no, respondí yo, no estoy de humor para discutir, pero se diferenciar un sabor de otro. Mi amigo no quiso insistir, no era el momento para ello.
Después de varios días más sin beber y comer, ya me parecía extraño que no sintiera sed y hambre, no quería comer, no tenía ánimos, pero mi cuerpo debería haberme pedido ya algo para alimentar e hidratar. Recordé las palabras de mi amigo, cogí una vieja enciclopedia heredada de mis abuelos y busqué el significado de lágrimas, entre otras muchas accesiones, “es un fluido corporal típico con un contenido de sal similar a la del plasma sanguíneo”, ¿contenido de sal?, es entonces cierto. Solicite opinión a diversos médicos y ninguno pudo dar diagnóstico alguno, lo análisis eran normales, pero sin embargo su sabor era dulce. Mi peso desde la muerte de mi mujer no había variado, seguí sin alimentarme.
Aproximadamente al mes del suceso que me cambio la vida y dejó mi rostro sin sonrisa para siempre, recordé unas palabras que me susurro al oído mi esposa el día de nuestra boda: “amor, yo seré quien alimente tu corazón”, en mi alma grabe esas palabras por siempre, hoy tengo 87 años y sigo sin comer y beber, no la extraño, todos los días al acostarme lloro, y siento como su dulzura pasea por mis labios. Hay lágrimas dulces para los que nos falta algo, saladas para los que tenéis todo.
Queco.